
La postmodernidad, como fenómeno social, cultural, artístico y filosófico ha estado presente en la vida de los hombres durante las últimas tres décadas. Desde finales de los años 70 hasta nuestros días, el modo de pensar y actuar del ser humano ha cambiado, afectando a nuestro entorno y sucesos presentes.
Después de observar los desafortunados efectos socioeconómicos a nivel mundial, compartimos la idea de que la modernidad fracasó en su intento de reforma a través de la razón como norma social. La cultura moderna se identificaba por su exigencia al progreso, a la metodología y al desarrollo lineal futurizando tiempos de bonanza. La postmodernidad plantea que dichos argumentos son ineficientes en un sistema multimediático y multicultural. Ya no hay maneras correctas de hacer las cosas ni esperanzas a largo plazo, nos radicalizamos con la intensión de lograr beneficios al instante, en la búsqueda de un inmediatismo de resultados.
Dejamos atrás a los personajes con experiencia y les otorgamos principal opinión a las figuras que están en boga. Nuestros líderes en la mayoría de las ramas dejan de ser los hombres con mayor carga de años laborando en cierta actividad, ahora son adultos jóvenes que representan cambios, fuerza y renovación de métodos. Sus argumentos de convencimiento no son racionales, eso aburre y da aires de antigüedad, por ende, de equivocación, ahora se persuade a través de las emociones, del carisma y de la posibilidad de entretenernos. El humor y la espontaneidad son características indispensables de los nuevos ídolos que con ellas seducen y acercan a los individuos. Estas razones ayudan que en la actualidad los medios masivos y de mercadeo se hayan convertido en los principales centros de poder, dotando a la publicidad, una de sus principales herramientas, no simplemente como un medio de transmisión de mensajes, sino como un camino idóneo para la convicción ideológica.
¡Se vende Presidente!
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